La vitamina A
El pigmento de la visión y el código secreto de la piel

Cuentan las crónicas de los antiguos marineros que, tras meses de navegación a base de galleta dura y carne salada, sus ojos empezaban a fallar en cuanto caía el sol. Ellos llamaban a aquel fenómeno «ceguera nocturna» y sabían, por una sabiduría empírica transmitida de generación en generación, que el remedio no estaba en ninguna poción: estaba en comer hígado fresco de buey o de pescado. Lo que aquellos navegantes no podían imaginar es que, en la oscuridad de sus pupilas dilatadas, el hígado estaba entregando un cargamento masivo de una pequeña molécula liposoluble capaz de capturar fotones y traducirlos en luz para el cerebro.
Mucho más al norte, en las expediciones árticas del siglo XIX, los exploradores sufrieron el reverso oscuro de esa misma molécula. Tras abatir osos polares y darse un banquete con su enorme hígado, tripulaciones enteras caían presas de vómitos, mareos terribles y una somnolencia letal. Pocos días después, la piel del rostro y del cuerpo empezaba a desprenderse a tiras. El alimento que curaba la ceguera de los marineros del trópico se convertía en un veneno abrasador sobre el hielo polar.
Ambas escenas, separadas por miles de kilómetros y siglos de historia, están unidas por la misma sustancia química. La vitamina A no es solo un nutriente: es una de las herramientas de comunicación molecular más potentes que ha evolucionado en el reino animal, capaz de encender genes, dirigir la maduración de las células y permitir la milagrosa transducción de la luz en pensamiento.
Ficha técnica
| Parámetro | Detalle |
|---|---|
| Nombres químicos | Retinol, retinal y ácido retinoico (formas preformadas); carotenoides provitamina A, como el betacaroteno. |
| Tipo | Liposoluble: se disuelve en grasa y se almacena principalmente en el hígado. |
| Superpoder principal | Convertir la luz en señales eléctricas cerebrales y reprogramar la diferenciación de las células. |
| Dato curioso exprés | El hígado de un oso polar concentra tanta vitamina A que una sola ración puede resultar mortal para un ser humano por hipervitaminosis aguda. |
Un poco de historia…
A principios del siglo XX, la ciencia de la nutrición atravesaba una fase profundamente reduccionista. Se creía que para mantener la vida bastaba con una dieta equilibrada de carbohidratos, proteínas, grasas y minerales purificados. Sin embargo, en los laboratorios de la Universidad de Wisconsin-Madison, el bioquímico Elmer McCollum y su joven colaboradora Marguerite Davis sospechaban que había algo más escondido en los alimentos naturales.
Entre 1912 y 1915, McCollum y Davis alimentaron a varios grupos de ratas con una dieta sintética impecable de caseína, almidón, manteca de cerdo y sales minerales. El resultado fue desgarrador: los animales dejaban de crecer, desarrollaban una inflamación severa en las conjuntivas hasta quedar ciegos y morían prematuramente. En cambio, cuando la manteca se sustituía por mantequilla o por extracto de yema de huevo, las ratas recuperaban la salud y la vista de forma casi milagrosa.
Ambos comprendieron que existía una sustancia esencial disuelta en la grasa de la mantequilla, a la que llamaron «factor A liposoluble», para diferenciarlo del «factor B hidrosoluble» que prevenía el beriberi. Paralelamente, en la Universidad de Yale, Thomas Osborne y Lafayette Mendel llegaron de forma independiente a la misma conclusión trabajando con aceite de hígado de bacalao.
Dos décadas más tarde, en los años treinta, el químico suizo Paul Karrer resolvió el rompecabezas molecular: describió la estructura del retinol y demostró que el betacaroteno —el pigmento naranja de las zanahorias— se convertía en vitamina A dentro del organismo humano. El hallazgo le valió el Premio Nobel de Química en 1937.
Manual de mecánica celular: ¿qué hace la vitamina A en tu cuerpo?
Para entender la vitamina A hay que abandonar antes la idea de que actúa simplemente como un «antioxidante». En realidad se comporta como una auténtica hormona esteroidea. Una vez dentro del organismo asume dos grandes papeles metabólicos a través de sus distintas formas químicas.
El retinal: el interruptor de la luz ocular
En el fondo del ojo se encuentra la retina, cubierta de dos tipos de células especializadas: los conos, que perciben el color, y los bastones, que captan la luz tenue en blanco y negro y son, por tanto, los responsables de la visión con poca luz. Dentro de los bastones hay una proteína llamada opsina.

- Cuando la vitamina A entra en el ojo en forma de 11-cis-retinal, se acopla a la opsina como una llave en su cerradura y forma un complejo llamado rodopsina.
- Cuando un solo fotón de luz golpea la rodopsina, la molécula de retinal sufre un cambio estructural instantáneo: su cadena se endereza y se transforma en todo-trans-retinal.
- Ese «chasquido» molecular altera la forma de la proteína y desencadena un impulso eléctrico que viaja por el nervio óptico hasta el cerebro. Es la magia de la física biológica: la luz se ha convertido en información.
- Para volver a ver, el cuerpo debe desencajar ese retinal, regenerarlo enzimáticamente hasta la forma 11-cis y reensamblar la rodopsina. Si falta vitamina A, el circuito se rompe y la visión en la penumbra colapsa.
El ácido retinoico: el escultor del ADN
Mientras el retinal se ocupa de los ojos, el ácido retinoico actúa mucho más como una hormona que como una vitamina. Viaja hasta el núcleo de las células y se une a receptores específicos —RAR y RXR— que encienden o apagan cientos de genes.
¿Su trabajo? Dictar la diferenciación celular. Es quien le indica a una célula madre si debe convertirse en tejido protector de la piel, en mucosa respiratoria o en revestimiento intestinal.
Sin suficiente ácido retinoico, las células húmedas de las mucosas —ojos, pulmones, intestino— pierden la capacidad de segregar el moco que las protege y empiezan a endurecerse y descamarse en un proceso patológico llamado queratinización.
El arte de la biodisponibilidad
No toda la vitamina A que comemos es idéntica, ni el cuerpo la procesa de la misma manera. Aquí es donde la mayoría de la gente se confunde, y donde la química culinaria se vuelve determinante. Existen dos fuentes principales en la dieta, y su comportamiento metabólico no podría ser más distinto.

Vitamina A preformada (retinoides)
Se encuentra exclusivamente en alimentos de origen animal: hígado, mantequilla, yema de huevo y pescados azules. El cuerpo la absorbe directamente y con una eficiencia altísima, de entre el 70 % y el 90 %. Es la forma activa, lista para trabajar.
Provitamina A (carotenoides)
Se encuentra en los pigmentos amarillos, naranjas, rojos y verdes oscuros del reino vegetal: zanahorias, boniatos, calabaza, espinacas, pimientos. El más famoso de todos es el betacaroteno.
El problema es que el betacaroteno no es vitamina A activa: es un precursor. Tu intestino delgado tiene que partir esa molécula por la mitad mediante una enzima específica para fabricar retinol, y la tasa de conversión es sorprendentemente ineficiente. Hacen falta unos 12 microgramos de betacaroteno de la dieta para sintetizar 1 solo microgramo de retinol en el cuerpo.
Estrategias culinarias para maximizar la absorción
Si aun así prefieres usar las fuentes vegetales, hay maneras de exprimir su biodisponibilidad. La matriz vegetal encierra los carotenoides dentro de paredes celulares de celulosa muy resistentes, así que para liberarlos conviene seguir tres pautas:
- Cocinar y triturar. Al contrario de lo que ocurre con la vitamina C, sensible al calor, un cocinado suave o al vapor y el triturado de zanahorias y calabazas rompen las membranas celulares del vegetal y multiplican hasta por tres la liberación del betacaroteno.
- Añadir grasa, siempre. Al ser una vitamina liposoluble, la presencia de lípidos estimula la secreción de sales biliares, que forman las micelas mixtas necesarias para transportar la vitamina A a través de la mucosa intestinal. Un chorro de aceite de oliva virgen extra en una crema de verduras o en una ensalada de espinacas eleva enormemente su absorción.
- Cuidar sinergias y antagonistas.
- El zinc es imprescindible: sin él, el hígado no puede sintetizar la proteína transportadora de retinol (RBP), y la vitamina A se queda atrapada allí sin poder salir a la sangre.
- El alcohol y la luz la destruyen: el consumo crónico de alcohol compite por las mismas enzimas deshidrogenasas que convierten el retinol en retinal y va vaciando las reservas hepáticas. La luz ultravioleta, por su parte, degrada rápidamente los carotenoides de los alimentos.
Luces y sombras: deficiencia frente a toxicidad
Al ser una molécula liposoluble, el cuerpo no elimina el exceso de vitamina A por la orina: lo almacena en unas células especializadas del hígado, las células estrelladas o de Ito. Ese depósito permite aguantar meses de escasez, pero también abre la puerta a la toxicidad por exceso.
El déficit: la penumbra y la sequedad
A nivel mundial, la deficiencia de vitamina A sigue siendo una de las principales crisis de salud pública en los países en desarrollo, especialmente entre los niños. Los síntomas progresan en etapas bien definidas:
- Hemeralopía (ceguera nocturna): imposibilidad de ver con luz tenue por la incapacidad de regenerar la rodopsina en los bastones.
- Xeroftalmía: la falta de ácido retinoico frena la producción de moco en la conjuntiva. El ojo se seca, aparecen manchas blanquecinas en la córnea —las manchas de Bitot— y finalmente la córnea se ulcera y se destruye (queratomalacia), con una ceguera irreversible como resultado.
- Hiperqueratosis folicular: la piel se vuelve extremadamente seca, áspera y escamosa, parecida a la piel de gallina, por la acumulación de queratina en los folículos pilosos.
- Inmunodeficiencia: la pérdida de integridad de los epitelios digestivo y respiratorio hace que infecciones comunes, como el sarampión o una diarrea, puedan resultar mortales.
La toxicidad: el peligro de la hipervitaminosis A
A diferencia de las vitaminas hidrosolubles —la C o el complejo B—, que se excretan con facilidad por la orina cuando sobran, la vitamina A sobrante no se elimina: se acumula.
- Toxicidad aguda. Ocurre tras ingerir dosis masivas en muy poco tiempo, como en el caso de los exploradores polares y el hígado de oso. Provoca hipertensión intracraneal, vómitos violentos, mareos graves y una descamación generalizada de la piel.
- Toxicidad crónica. Deriva del uso prolongado de suplementos sintéticos de retinol a dosis altas. Puede causar daño hepático, debilidad ósea y fracturas —al desequilibrar el remodelado del hueso— e hipercalcemia.
- Peligro teratogénico. Un exceso de retinol durante el primer trimestre del embarazo es extremadamente peligroso: altera la diferenciación celular del embrión y provoca malformaciones congénitas graves.
Ojo con la distinción: el betacaroteno de origen vegetal no produce esta toxicidad. Cuando las reservas están llenas, el cuerpo frena su propia conversión enzimática. El riesgo vive en el retinol preformado y, sobre todo, en los suplementos.
El rincón del mito
«Las zanahorias te permiten ver en la oscuridad»
Este es uno de los mitos más exitosos del siglo XX, y su origen no está en un laboratorio médico, sino en el Ministerio del Aire británico durante la Segunda Guerra Mundial.
En 1940, la Royal Air Force desarrolló un sistema de radar secreto montado en los propios aviones (Airborne Interception radar) que permitía a sus pilotos derribar cazas nocturnos alemanes antes de ser detectados. Para ocultar la existencia de esa tecnología a la inteligencia enemiga, el gobierno británico lanzó una campaña de propaganda que atribuía el extraordinario rendimiento nocturno del as de la aviación John Cunningham —apodado Cat’s Eyes, «ojos de gato»— y de sus compañeros a que comían enormes cantidades de zanahorias. La población se lo creyó, las ventas de zanahorias se dispararon y la leyenda ha llegado intacta hasta hoy.
La realidad científica es bastante más sobria: la vitamina A previene la ceguera nocturna causada por deficiencia, pero tomar más vitamina A cuando los niveles ya son normales no otorga visión sobrehumana ni mejora la agudeza visual.
Vanguardia científica
La investigación actual ha dejado de mirar la vitamina A como un simple nutriente de la vista para estudiarla como un modulador del sistema inmunitario y del envejecimiento.
Se ha descubierto que el ácido retinoico producido en el intestino es esencial para «educar» a los linfocitos T: les imprime una especie de código postal molecular que los dirige a la mucosa intestinal y empuja su diferenciación hacia células T reguladoras, las encargadas de evitar que el sistema inmunitario ataque a nuestros propios tejidos o a la microbiota beneficiosa. Hoy se investigan análogos sintéticos de la vitamina A para tratar enfermedades autoinmunes y como agentes diferenciadores en terapias contra el cáncer, capaces de «reprogramar» células tumorales para que vuelvan a comportarse como células normales.
En dermatología, los derivados del ácido retinoico —la tretinoína tópica, la isotretinoína oral— siguen siendo el patrón de referencia (gold standard) para revertir el fotoenvejecimiento y tratar el acné severo, porque aceleran la renovación celular y frenan la degradación de la matriz de colágeno de la dermis.
Próxima parada…
La vitamina A demuestra cómo una sola molécula puede conectar la física de la luz que entra por nuestros ojos con la genética profunda que construye nuestra piel. Con la primera letra del abecedario bioquímico aprendida, estamos listos para avanzar.
En el próximo artículo: la vitamina B1 (tiamina), la bujía del motor humano.
Referencias y respaldo científico
- El descubrimiento del «factor A liposoluble». McCollum, E. V., & Davis, M. (1913). The necessity of certain lipins in the diet during growth. Journal of Biological Chemistry, 15(1), 167-175. Consultar estudio en ScienceDirect
- El mecanismo molecular de la visión. Wald, G. (1968). Molecular basis of visual excitation. Science, 162(3850), 230-239. Consultar estudio en PubMed
- Los receptores nucleares del ácido retinoico. Chambon, P. (1996). A decade of molecular biology of retinoic acid receptors. FASEB Journal, 10(9), 940-954. Consultar estudio en PubMed
- Cuánto betacaroteno hace falta para fabricar retinol. Tang, G. (2010). Bioconversion of dietary provitamin A carotenoids to vitamin A in humans. The American Journal of Clinical Nutrition, 91(5), 1468S-1473S. Consultar estudio en PubMed
- La toxicidad del hígado de oso polar. Rodahl, K., & Moore, T. (1943). The vitamin A content and toxicity of bear and seal liver. Biochemical Journal, 37(2), 166-168. Consultar estudio en PubMed
- Riesgo teratogénico del exceso de retinol. Rothman, K. J., Moore, L. L., Singer, M. R., Nguyen, U. S., Mannino, S., & Milunsky, A. (1995). Teratogenicity of high vitamin A intake. The New England Journal of Medicine, 333(21), 1369-1373. Consultar estudio en PubMed
- El «código postal» intestinal de los linfocitos T. Iwata, M., Hirakiyama, A., Eshima, Y., Kagechika, H., Kato, C., & Song, S. Y. (2004). Retinoic acid imprints gut-homing specificity on T cells. Immunity, 21(4), 527-538. Consultar estudio en PubMed
- Ácido retinoico y tolerancia inmunitaria. Mucida, D., Park, Y., Kim, G., Turovskaya, O., Scott, I., Kronenberg, M., & Cheroutre, H. (2007). Reciprocal TH17 and regulatory T cell differentiation mediated by retinoic acid. Science, 317(5835), 256-260. Consultar estudio en PubMed
- Cómo los retinoides frenan el fotoenvejecimiento. Fisher, G. J., Datta, S. C., Talwar, H. S., Wang, Z. Q., Varani, J., Kang, S., & Voorhees, J. J. (1996). Molecular basis of sun-induced premature skin ageing and retinoid antagonism. Nature, 379(6563), 335-339. Consultar estudio en PubMed
Estamos preparando el espacio para que puedas comentar los artículos.
Sigue leyendo

Glicina: el ladrillo olvidado de la vida
El aminoácido clave que frena el envejecimiento celular, mejora el sueño y reconstruye tus tejidos desde el interior

La verdad sobre los antioxidantes
La biología detrás de nuestra verdadera red de defensa contra el estrés oxidativo

La electricidad de los alimentos
Las vías metabólicas de los macronutrientes y cómo las mitocondrias reducen la comida a una fuente de electrones